A
Alegría (y tristeza) de la
tierra
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Eco
cultura o la reunión de lo separado
Dicen
los sabios taoístas que no se puede de agua llenar un vaso que ya está lleno,
pues sólo conseguiríamos rebosarlo. Una
verdad tan sencilla parece una tontería, pero no lo es.
Estamos
llenos de conceptos e ideas que fueron impuestos sin reflexión, muchas impulsados
por intereses particulares de cualquier tipo, sino aprendemos a vaciar un poco
el vaso del contenido viejo no podremos asimilar el nuevo en nuestras mentes,
nuestras almas y nuestros corazones, he allí donde adquiere sentido esta
enseñanza oriental.
Uno de
estos casos es el de la separación u oposición irreductible entre naturaleza y
cultura como si fuesen dos realidades de mundos extraños e incomunicados entre sí. El mundo de la tierra, las plantas y los
animales frente al mundo de los seres humanos.
Esta
es una idea impuesta en parte de una primera antropología y de cierto humano
centrismo que pretendió enseñorearse destructivamente sobre la naturaleza
propia y ajena con las consecuencias trágicas incontrolables que padecemos hoy día
a escala global.
A
quienes nos hemos formado en algún cultivo de las letras, las artes, de las
humanidades, se nos enseñó a mirar con desconfianza el increíble mundo físico y
material que nos rodea mientras que a los estudiosos y trabajadores de la
naturaleza se les despojó de cualquier relación trascendente con ésta.
Este
es un problema del llamado hombre moderno o contemporáneo, pero no lo ha sido
para las llamadas culturas primitivas, originarias, tradicionales o campesinas,
para quienes la naturaleza está ínsita en la cultura y la cultura permea con
sus simbolismos e ideas todo cuanto nos rodea.
Por
ello me gusta mucho el término “Eco cultura”, es decir, una aproximación a una
cultura que no niega nuestra pertenencia y lugar a la naturaleza, que percibe
un continuo entre las formas naturales y las formas creadas por el hombre, más allá
de que existan algunas contradicciones y puentes rotos.
Lo resumiría
en la imagen de un científico, intelectual o trabajador urbano que cuide de un
bosque, una montaña o un río; de un poeta, escritor o artista, que protege
compasivamente a los animales o que siembra un jardín e incluso un pequeño
huerto de forma agroecológica, en la imagen de una aborigen o de una campesina,
que canta o recita versos mientras cultiva o transforma un alimento a partir de
sus saberes milenarios.
Wilfrido González
Rosario

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