CUENTAME UNA DE ENCANTOS
Trujillo, tierra de historias, cuentos,
mitos. ¿Quién de nosotros no ha oído
siquiera una historia sobre encantos, que viven a lo interno de las aguas, o
duendes, que realizan travesuras a los caminantes desprevenidos en las lagunas
o en las montañas? Quien no haya oído
uno de estos relatos podría decirse culturalmente que aún no es, no puede saber
lo que es ser trujillano.
Alguna vez me contó uno de esos
respetables campesinos, de grandes patillas y contar pausado, a la vera de un
agradable fogón en la noche fría de los páramos, que un par de amigos, músicos
para más señas, de regreso de una fiesta, tuvieron que atravesar el páramo al
atardecer mientras la neblina iba escondiendo las cosas por aquí y por allá.
Pronto estuvieron desorientados, a pesar de ser precisos conocedores de dichos
parajes.
Mientras buscaban el camino que habían
perdido, daban vueltas y vueltas para llegar al mismo lugar, y luego fueron
encontrando lugares nunca vistos, lo que aumentaba su extrañeza, su confusión y
su temor. Fue así como llegaron a una
enorme casa, casi un palacio, resplandeciente, pues era totalmente de oro.
Era la casa del Encanto. Se hallaba bajo
las aguas grises y heladas de la laguna. Allí todo el tiempo había música, banquete, jolgorio,
pues parecían vivir una felicidad de otro mundo. Conocieron al Encanto -un hombre muy mayor-,
a su esposa, seres que inspiraban un respeto extraordinario, por su poder y su
sabiduría; asimismo llegaron a tener contacto con el hijo y las hijas del
Encanto, seres agraciados y amigables sin punto de comparación.
Total, que, de fiesta en fiesta, de
alegría en alegría, mientras iban y venían visitantes, los músicos tocaban y
tocaban sin parar canciones de este mundo y del otro, y sus nuevos amigos los invitaban
a permanecer indefinidamente en su casa, a pesar de que ellos excusaban razones
para partir: mudar los bueyes, asistir
puntualmente las siembras, pero ellos parecían no entenderlos o se hacían los
indiferentes a sus requerimientos.
Finalmente, las amables y bellísimas
hijas del Encanto, con quienes hicieron amistad, intercedieron por ellos antes
los Taitas para obtener el permiso para la partida. Se despidieron entre abrazos y llantos, pero
sin promesas, y partieron con sus marusas con el avío. Al principio no
reconocían el camino entre las densas brumas, pero, al cruzar en alguna parte,
reconocieron un lugar, un objeto,
reencontrando la senda perdida, muy lejos de sus hogares, entre los
picachos, las lagunas y los frailejones.
Al regresar a sus hogares sus familiares los recibieron con sorpresa,
gritos y alborozo, pues algunas noches y días de fiestas en el palacio de los
Encantos se habían convertido en meses de ausencia y en la creencia de su
pérdida o encantamiento definitivo.
Esta es una de las historias básicas de
los Encantos, seres del otro mundo, que, bajo las aguas, las rocas, en las
cuevas, con un poder impresionante sobre las voluntades y el tiempo, gobiernan
la naturaleza y en sus lugares sagrados, imponen sus leyes inexorables. Hay
también historias de mudanzas de Encantos, de doncellas rubias en las lagunas, de
personas pérdidas para siempre, de respeto sagrado por sus territorios, de Arcos,
de pequeños momoyes sombrerudos enamorados de lindas muchachas.
¿Simples historias para entretener a los
niños y niñas en los días de interminable lluvia? ¿O poderosos relatos de aliento mítico
aborigen sobrevividos en la voz de sus descendientes transfigurados desde la
lengua y la cosmovisión Cuicas, a la lengua española y al mundo de vida del
campesino mestizo? Apasionantes relatos,
al vilo de lo real y de lo imaginario, de lo cotidiano y de lo asombroso.
Wilfrido González Rosario

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por participar con nosotros en este blog