domingo, 5 de marzo de 2017

¿Son verdaderos los Encantos?

                                                                                                Mapio,net



CUENTAME UNA DE ENCANTOS


Trujillo, tierra de historias, cuentos, mitos.  ¿Quién de nosotros no ha oído siquiera una historia sobre encantos, que viven a lo interno de las aguas, o duendes, que realizan travesuras a los caminantes desprevenidos en las lagunas o en las montañas?  Quien no haya oído uno de estos relatos podría decirse culturalmente que aún no es, no puede saber lo que es ser trujillano.

Alguna vez me contó uno de esos respetables campesinos, de grandes patillas y contar pausado, a la vera de un agradable fogón en la noche fría de los páramos, que un par de amigos, músicos para más señas, de regreso de una fiesta, tuvieron que atravesar el páramo al atardecer mientras la neblina iba escondiendo las cosas por aquí y por allá. Pronto estuvieron desorientados, a pesar de ser precisos conocedores de dichos parajes.

Mientras buscaban el camino que habían perdido, daban vueltas y vueltas para llegar al mismo lugar, y luego fueron encontrando lugares nunca vistos, lo que aumentaba su extrañeza, su confusión y su temor.  Fue así como llegaron a una enorme casa, casi un palacio, resplandeciente, pues era totalmente de oro.

Era la casa del Encanto. Se hallaba bajo las aguas grises y heladas de la laguna.  Allí todo el tiempo había música, banquete, jolgorio, pues parecían vivir una felicidad de otro mundo.  Conocieron al Encanto -un hombre muy mayor-, a su esposa, seres que inspiraban un respeto extraordinario, por su poder y su sabiduría; asimismo llegaron a tener contacto con el hijo y las hijas del Encanto, seres agraciados y amigables sin punto de comparación.

Total, que, de fiesta en fiesta, de alegría en alegría, mientras iban y venían visitantes, los músicos tocaban y tocaban sin parar canciones de este mundo y del otro, y sus nuevos amigos los invitaban a permanecer indefinidamente en su casa, a pesar de que ellos excusaban razones para partir:  mudar los bueyes, asistir puntualmente las siembras, pero ellos parecían no entenderlos o se hacían los indiferentes a sus requerimientos.

Finalmente, las amables y bellísimas hijas del Encanto, con quienes hicieron amistad, intercedieron por ellos antes los Taitas para obtener el permiso para la partida.  Se despidieron entre abrazos y llantos, pero sin promesas, y partieron con sus marusas con el avío. Al principio no reconocían el camino entre las densas brumas, pero, al cruzar en alguna parte, reconocieron un lugar, un objeto,  reencontrando la senda perdida, muy lejos de sus hogares, entre los picachos, las lagunas y los frailejones.  Al regresar a sus hogares sus familiares los recibieron con sorpresa, gritos y alborozo, pues algunas noches y días de fiestas en el palacio de los Encantos se habían convertido en meses de ausencia y en la creencia de su pérdida o encantamiento definitivo.

Esta es una de las historias básicas de los Encantos, seres del otro mundo, que, bajo las aguas, las rocas, en las cuevas, con un poder impresionante sobre las voluntades y el tiempo, gobiernan la naturaleza y en sus lugares sagrados, imponen sus leyes inexorables. Hay también historias de mudanzas de Encantos, de doncellas rubias en las lagunas, de personas pérdidas para siempre, de respeto sagrado por sus territorios, de Arcos, de pequeños momoyes sombrerudos enamorados de lindas muchachas.

¿Simples historias para entretener a los niños y niñas en los días de interminable lluvia?  ¿O poderosos relatos de aliento mítico aborigen sobrevividos en la voz de sus descendientes transfigurados desde la lengua y la cosmovisión Cuicas, a la lengua española y al mundo de vida del campesino mestizo?  Apasionantes relatos, al vilo de lo real y de lo imaginario, de lo cotidiano y de lo asombroso.



Wilfrido González Rosario

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